22 jun. 2012

La Revolución Científica y el Arte en la Ilustración



 Andrés C. Rojas G.


En este trabajo se intentara hacer un acercamiento a lo que fue en términos generales el arte y la ciencia en la ilustración. En el caso de la ciencia y al leer un par de libros sobre la historia de la ciencia, los dos de Paolo Rossi[1], decidí tocar principalmente el extenso pero fundamental periodo conocido como la Revolución Científica. Por dos razones fundamentales. La primera razón es por el desconocimiento casi general que tengo sobre la ciencia en la modernidad que me impediría abordar específicamente la ciencia del siglo XVIII y la segunda razón porque al leer sobre historia de la ciencia, comprendí que este periodo conocido como la Revolución Científica  configuraría todo el pensamiento y el corpus de la ciencia moderna.
Entrando en materia del ejercicio es importante resaltar un aspecto importante señalado por Jacques Le Goff, quien realiza el prefacio y el prologo del libro  El nacimiento de la ciencia moderna en Europa de Rossi, y es que la cuna de la ciencia moderna es toda Europa, pues sus padres “fundadores” eran de diferentes países: Copérnico era polaco, Bacon, Harvey y Newton ingleses, Descartes, Fermat y Pascal franceses , Tycho Brahe danés, Paracelso, Kepler y Leibniz alemanes, Huygens holandés, Galileo, Torriceli y Malpighi italianos.
Esta Europa cuna de la Revolución Científica durante los siglos XVI, XVII y XVIII será bastante hostil para los científicos, pues tendrá procesos de brujería, tribunales inquisitoriales, la guerra de los treinta años, que trajo consigo un fuerte trastorno en buena parte de la Europa central en todos los sentidos de la vida y de paso durante estos tres siglos la peste tendrá sitiadas a las grandes ciudades, desde la Roma del proceso inquisitorial de Galileo hasta la Londres de Newton.
En este contexto se vive una serie de cambios fundamentales en el marco de las ideas, que darán un punto de inflexión, que dejan ver importantes diferencias entre la ciencia que viene de la Edad Media y la que aparece y se consolida en la modernidad:
1.    La naturaleza de la que hablan los modernos es radicalmente distinta de la naturaleza de la que hablan los filósofos medievales. En la naturaleza de los modernos no existe (como en la tradición) una distinción de esencia entre cuerpos naturales y cuerpos artificiales.
2.    La naturaleza de los modernos es interrogada en condiciones artificiales: la experiencia de la que hablan los aristotélicos apela al mundo de lo cotidiano para ejemplificar o ilustrar teorías; las “experiencias” de los modernos son experimentos elaborados artificialmente con el objeto de confirmar o falsear teorías.
3.    El saber científico de los modernos se parece a la exploración de un nuevo continente; el de los medievales es semejante a la paciente profundización en los problemas sobre la base de reglas codificadas.
4.    A los ojos de la crítica de los modernos, el saber de los escolásticos no parece capaz de interrogar la naturaleza, sino sólo de interrogarse a sí mismo proporcionando siempre respuestas satisfactorias. En ese saber caben las figuras del maestro y del discípulo, pero no la del inventor.
5.    Los científicos modernos –Galileo, en primer lugar- actúan con una “desenvoltura” y un “oportunismo metodológico” que son totalmente desconocidos para la tradición medieval. La exigencia medieval de exactitud fue un obstáculo y no una ayuda para la creación de una ciencia matemática de la naturaleza. Galileo inventaba sistema de medición cada vez más exactos, pero “apartaba la atención de la precisión ideal para dirigirla a la precisión necesaria en relación con los objetivos y a la que se podía conseguir con los instrumentos disponibles … el mito paralizante de la exactitud absoluta fue uno de los factores que impidieron a los pensadores del siglo XIV pasar de las abstracta Calculationes a un estudio efectivamente cuantitativo de los fenómenos naturales” Bianchi (Goff, 1998)
Lo anterior hace posible la utilización de la expresión Revolución Científica. Pero fue vital para que esta se concretara, el hecho que estos científicos fueran consientes de la novedad de sus trabajos y que estos trabajos se desarrollaran en el marco de una nueva forma de saber que exigía “experiencias sensibles” y “demostraciones ciertas”, en otras palabras, que toda afirmación debía ser pública, vinculada al control de los demás, sometida y discutida a posibles refutaciones. Esta ultima parte será fundamental en el desarrollo de la ciencia moderna, pues se reivindicara desde el siglo XVI y desde sus nuevos protagonistas, el mecánico y el filósofo natural  que el saber tiene que ser público, que las teorías tienen que ser comunicables y se rechazara el principio de doctos y simples[2], que es propio del hermetismo que  manejaba la magia y la alquimia controlando de esta forma el acceso al conocimiento. Esta reivindicación se puede ver en la afirmación de Bacon “El método de la ciencia, tiende hacer desaparecer las diferencias entre hombres y a igualar sus inteligencias”.
Pero esta no será la única reivindicación de los padres fundadores de la ciencia moderna, como los llama Rossi. Se discutirá durante todo el siglo XVI, XVII y parte del XVIII, la compenetración entre técnica y ciencia, inexistente en la antigüedad y la edad media[3]. Sólo si se tiene en cuenta este contexto adquiere un significado preciso la postura adoptada por Galileo, que es la base de sus grandes descubrimientos astronómicos. En 1609 Galileo apuntaba al cielo con su telescopio. Lo que supone una revolución  es la confianza de Galileo en un instrumento nacido en el mundo de los mecánicos, cuyos progresos se debían sólo a la práctica, y que había sido aceptado parcialmente en los círculos militares, pero que había sido desdeñado, cuando no despreciado, por la ciencia oficial (Rossi, 1998). La Disputa por integrar mecánica y ciencia se evidencia tanto, que al hacerse las enciclopedias del siglo XVIII, no se tenía suficiente referencia a los procesos técnicos o mecánicos, como fue el caso de la Enciclopedia de Jean d` Alembert de 1751.
Pero el telescopio de Galileo no fue la única muestra de la búsqueda de la unión entre ciencia y mecánica. La imprenta fue tal vez la muestra más clara, pues aparte de ser un invento mecánico, esta expandió el conocimiento por medio de la masificación de libros gracias a los gruesos volúmenes de publicación que desde el siglo XVI y hasta nuestros tiempos inundad al mundo[4]. En medio de esta explosión de publicaciones, los libros de la antigüedad clásica serán masivos, y serán importantes para los humanistas, pero para los padres fundadores de la Revolución Científica como Bacon y Descartes serán objeto de rechazo, pues negaran el carácter ejemplarizante de la antigüedad clásica. No solo rechazan la imitación pedante y la repetición pasiva. Consideran también  que la aemulatio, en la que habían insistido muchos humanistas, carece ya de sentido (Rossi, 1998) . Esta ruptura con los clásicos, coloca con fuerza en este contexto, la “novedad” y se manifiesta con claridad en los múltiples títulos de los libros científicos del momento[5]
Si bien la Revolución Científica fue posible gracias a la vinculación de la ciencia y la mecánica, la discusión pública de las diferentes tesis, la transferencia del saber y el abandono de los clásicos, no hubiera sido nada sin la “destrucción” de unos presupuestos (sustentados en los clásicos, el hermetismo del conocimiento y en la separación de las artes liberales de la mecánica) que permitieran un nueva astronomía, fundamental para el desarrollo de toda la discusión científica del siglo XVII, estos presupuestos eran:
1.    La distinción primera entre una física del cielo y una física terrestre, que era el resultado de la división  del universo en dos esferas, una perfecta y otra sometida al devenir.
2.    La creencia (que era consecuencia del primer punto) en el carácter necesariamente circular de los movimientos celestes.
3.    El presupuesto de la inmovilidad de la Tierra y de su ubicación en el centro del universo, que era corroborado por una serie de argumentos aparentemente irrefutables (el movimiento terrestre arrojaría al aire objetos y animales) y que hallaba su confirmación en el texto de las Escrituras.
4.    La creencia en l finitud del universo y en un mundo cerrado, que va unida a la doctrina de los lugares naturales.
5.    La convicción, estrechamente relacionada con la distinción entre movimientos naturales y violentos, de que no es necesario aportar ninguna causa para explicar el estado de reposo de un cuerpo, mientras, que, por el contrario, cualquier movimiento debe ser explicado por su dependencia de la forma  o de la naturaleza del cuerpo, o por ser provocado por un motor que lo produce y lo mantiene.
6.    El divorcio, que había ido reforzando, entre las hipótesis de la astronomía de la física.
A lo largo de cien años  aproximadamente (1610-1710) fueron discutidos, criticados y rechazados cada unos de estos presupuestos. El resultado obtenido a través de ese difícil (a veces tortuoso) proceso fue una nueva imagen del universo físico, que culmino en la obra de Isaac Newton, en esa grandiosa construcción que hoy en día, después de Einstein, llamamos la “física clásica”. Pero un rechazo que presuponía un cambio radical de los esquemas mentales y de las categorías  de interpretación, que implicaba una nueva consideración de la naturaleza y del lugar que ocupa el hombre en la naturaleza (Rossi, 1998).
Estos nuevos esquemas mentales que permitieron un mundo concebido como un gran reloj[6]  fueron posibles gracias a las formulaciones de Copérnico[7].  Galileo y su defensa del sistema copernicano, sumándole su esfuerzo de conseguir la separación entre las verdades de la fe y las que producía el estudio de la naturaleza. Kepler, sus cinco leyes y su convicción en las demostraciones matemáticas. Descartes, la matemátización de la física, la configuración del cartesianismo y la temprana formulación de la inercia (que con Galileo terminarían por destruir el mito de la perfección de la circularidad). Newton, con sus tres leyes del movimiento y formulaciones sobre la óptica[8].
Pero a la par de estas vitales formulaciones se desarrollaran componentes hoy importantes para la ciencia. Serán las clasificaciones y los lenguajes “universales”. Estas clasificaciones, son “inauguradas” o mejor dicho iniciadas por Linneo, al que con justa razón se le llama padre de la taxonomía[9]. Las clasificaciones tiene una funcionan en el marco de que sirven de forma inicial para no olvidar lo aprendido sobre algunas especies y para memorizar, pues durante los siglos XVII y XVIII la catalogación de especies y minerales se encuentra en un caos, por el número de especies y de formas de organizar. Pero el lenguaje de la clasificación también funciona en el marco de que ofrece un diagnostico pues se espera que sea capaz de captar lo esencial, dejando de lado lo superfluo. Sobre los lenguajes “universales”, los científicos de los siglos XVII y XVIII buscan como unificar una lengua y una escritura, que permita superar las barreras idiomáticas y las tergiversaciones ocasionadas para las diferentes traducciones[10]

Pero tanto teorías, posturas, formulaciones y debates de la Revolución Científica tuvieron un lugar. En primer lugar, en el siglo XVI, no fueron las universidades[11] ni los conventos, serian entonces los talleres, los cuales  configuraron una especie de “laboratorios” de la mecánica, donde se desarrollaron ideas y proyectos de gran nivel, muestra de ello fue Leonardo Da Vinci. Pero en el siglo XVII, sin que la universidad[12] fuera el recinto exclusivo de la ciencia, pues esta aun no enseñaba componentes técnicos o mecánicos, vio un particular desarrollo en especial en los Países Bajos[13] y un poco en Inglaterra, pero estas se vieron permeadas por la censura de carácter religiosa y política, lo cual hacen que el papel protagónico de la universidad se aplace y lo tome la Academia. La Academia aparece como un germen de lo que en el siglo XIX seria el instituto de investigación, pues de forma inicial su propósito no es la difusión, sino el avance del saber y que este se logre por medio del trabajo en “equipo”, guiado por un director. Las academias  se configuraran como microsociedades que actúan en el seno de una sociedad más amplia y articulada (Rossi, 1998, pág. 208), estas se proponían defender y mantener un saber autónomo, alejarse  de la conflictividad entre ciencia y fe y entre ciencia y sociedad, o como desde la guerras religiosas que los filósofos naturales se refugiaban en pequeñas sociedades, tolerantes, donde discutían temas de orden científico y no de política ni de teología (Rossi, 1998, págs. 33-34). Existieron de forma general dos modelos de Academia, la francesa y la de Londres. La primera patrocinada por el Estado[14] pero sin la rigurosidad propia del espíritu de la investigación para la comprensión racional de la naturaleza, que como dice Rossi no se podría desarrollar en el Ancien Régime francés. Y la inglesa, la cual no recibía a portes de la corona, dependía en ese caso de los aportes de sus integrantes y se dedico a la compilación  de “historias” de la mecánica, astronomía, de las profesiones, de la agricultura, navegación, fabricación de paños, tintorerías, etc (Rossi, 1998, pág. 213).  También estaban los casos de la Academia alemana, en especial la promovida por Leibniz, que se proponía  conseguir un avance de la nación y de la lengua alemanas, una profundización de las ciencias, la expansión de la industria y del comercio y la propagación del cristianismo universal a través de la ciencia (Rossi, 1998, pág. 214), en contraposición de lo que Bacon consideraba, debía ser una academia. Finalmente la Revolución Científica se vivió de manera importante en los diálogos epistolares entre diferentes autores desde finales del siglo XVI y también por medio de los periódicos de carácter científicos que aparecen desde la mitad del siglo XVII.
Para finalizar me gustaría concluir ,que de forma indudable lo que llamamos “ciencia” adquirió en aquellos años algunos de los caracteres fundamentales que todavía conserva hoy en día, y que con razón  fueron considerados por los padres fundadores como algo nuevo en la historia del género humano: un artefacto o una empresa colectiva, capaz de crecer sobre sí misma, destinada a conocer el mundo y a intervenir en el mundo. Esa empresa, que desde luego no es inocente, ni nunca ha sido considerada como tal, a diferencia de cuanto ha sucedido con los ideales políticos, las artes, las religiones y las filosofías, se ha convertido en una poderosísima fuerza unificadora del mundo (Rossi, 1998, pág. 18)

El Arte en la ilustración



En esta parte intentare hacer un acercamiento a lo que llego a ser el arte en la ilustración, en especial, la escultura y la pintura. 
La escultura de este periodo se baso en los principios de la antigüedad grecorromana, la cual se quería reimplantar, en forma de rechazo a los artistas barrocos y sus excesos ornamentales, por lo que se impuso la copia de las lógicas de elaboración de estatuas romanas. Para ello, en el caso de España la Corte y la Academia mandaron a sus más aventajados estudiantes y aprendices a Roma con el fin que perfeccionaran el estilo clasicista. Este estilo propiciado por el mecenazgo real con los encargos de los palacios cortesanos, y especialmente en el nuevo Madrid y por la Academia como fundación del Rey (Melero, 1998, pág. 81). Al inicio de este mecenazgo se destacaron los temas mitológicos y se cambiaron el uso de los materiales, se paso de la madera policromada, a la utilización de materiales resistentes al fuego, como el mármol o el bronce y a la utilización de colores planos o no vistosos.
En la tónica del regreso a la antigüedad grecorromana,  el alemán Winckelmann, teórico fundamental del clasicismo al igual que el bohemio Mengs, dieron unas directrices para los artistas de la época, racionalizadas  por medio de un  análisis de esa cultura. De esa esta manera, se considero a la forma como uno de los elementos artísticos esenciales para llegar a lo sublime. Aconsejo a los artistas que dieran importancia  básica al estudio de las proporciones, y les motivó para que se aproximaran a la noble sencillez de los antiguos. Según este arqueólogo, el ideal se halla en el cuerpo humano, que es la encarnación de la belleza espiritual (Melero, 1998). Sobre esta base el cuerpo humano joven será la forma perfecta y por ende será el motivo principal de la escultura, por lo que se le suele dejar sin ropa[15]. Y al dejarse sin ropa[16] el cuerpo se podrá representar e idealizar a las personalidades políticas y culturales de la época al mejor estilo de los dioses del Olimpo. Este fue el caso del veneciano Antonio Canova, que no dudó a la hora de representar escultóricamente a Napoleón en presentarle desnudo, de cuerpo entero, como si se tratase de Marte, el dios de la guerra (Pinacoteca de Breda, Milán, 1809), ni a su hermana Paulina Bonaparte (1808, Galería Borghese) similar a una Venus victoriosa, reclinada semidesnuda en un lecho al modo de la matronas romanas (Melero, 1998). Toca hacer la claridad, que si bien, se idealizaba a estos personajes, eso no significaba que sus rostros no tuvieran rasgos naturalistas que permitieran reconocer de quien se tratara. 
Otra particularidad en la escultura del momento fue la “obsesión” de los escultores por lograr el dominio total sobre la técnica, lo que los llevo a quitarles toda clase de pasiones[17] o de sentimientos mundanos con el fin de lograr el ideal de belleza de la sofrosine[18] griega. Haciendo que los complejos escultóricos se tornen fríos, quietos e insensibles, y esto lo resalta el material utilizado (mármol).
A todo lo anterior se le suma que durante la segunda mitad del siglo XVIII el tema mitológico, junto con la pintura histórica y los retratos, adquirió un auge extraordinario sobre todo en la escultura, pues se le consideraba la expresión máxima del espíritu clásico, lo que hacía que el tema religioso fuera desplazado a un segundo plano y se le da al mito un carácter educativo, pues se emplea de ejemplo ético, además de un ideal de belleza. Esto se evidencia en los múltiples trabajos de Antonio Canova y de Bertel Thorvaldsen (Melero, 1998, pág. 83). [19]
Otro frente donde es visible el clasicismo en la escultura de la ilustración, es la elaboración de los retablos, este jugó un papel importante en la implantación del academicismo clasiscista por ser un lugar artístico encuentro entre las diversas artes. Para él trabajaban no solo los escultores propiamente dichos, sino también los pintores y los arquitectos, así como artistas entonces considerados “menores” y hasta artesanos. De aquí, en parte, su gran interés. Pero, además, durante esta época se construyeron gran cantidad de retablos. Su realización dentro del sistema formal barroco en madera recubierta por paños de oro exigía, asimismo, la inversión de grandes cantidades de dinero, lo cual era considerado como un autentico despilfarro en una época tan racional y comedida como lo fue la ilustración (Melero, 1998, pág. 86). Los materiales utilizados y los materiales con los que se iluminaba, los hacían fáciles víctimas de los incendios, afectando en ocasiones de forma grave las estructuras de las edificaciones.
En el marco de la pintura, las tendencias serán similares. El cuerpo humano será el centro de aprendizaje, Los discípulos debían pasar por tres salas de forma consecutiva: de principios, del yeso y del natural. No se estudiaba el colorido, que se debía aprender en talleres privados en una fase posterior. Era importante conocer de geometría, perspectiva y anatomía antes de empezar a dibujar[20] y finalmente los alumnos se entrenaban en el dibujo de bocas, narices orejas y demás partes de forma rigurosa y clara. En esta fase de la pintura, esta se configuraba como ejemplo de normas para el comportamiento del hombre. Ahora se trata de llamar la atención sobre los valores eternos de la razón, la moral, la disciplina y el orden, de tal forma que los temas elegidos girasen, sobre todo, en torno del heroísmo, al patriotismo y las virtudes en general, como, por ejemplo, la vida hogareña, la piedad, el sacrificio, la sabiduría … (Melero, 1998, pág. 104). Por ello a los artistas se los proporcionaba una formación erudita o en cierto modo “integral”, que en su mayoría lograra contener los conceptos básicos de la matemática, geometría, anatomía, historia y la geografía.
Otra característica fundamental de la pintura de la época, será el predominio de la forma sobre el colorido, que se le sumara al carácter didáctico y ético que debían tener las obras. Los clasicistas le dieron le dieron una función  básica al dibujo, que tenía que ser nítido y perfecto, aun en los detalles más mínimos, y que es dotado de sentido idealista. Todo ello origino una cierta pérdida del carácter pictórico de las obras por parte de artistas significativos, como David y su escuela. Donde el color suele desempeñar el papel de elemento secundario, parecía solo tener un carácter sobrio y arbitrario sobre los cuadros.
Finalmente en este periodo, la pintura histórica, cobra gran importancia, tanto que iguala a la de temática mitológica y en parte a la religiosa, también se inicia la revalorización del paisaje, siempre y cuando esté vinculado con la figura humana. Normalmente el pintor neoclásico congela el hecho histórico y hace inamovible la historia. No la comenta de un modo retorico. Casi se limita a elegir el momento, o la anécdota, adecuado a la finalidad ética que desea expresar y en la búsqueda de la imparcialidad se convierte en un testigo poco más que mudo del uso del lenguaje pictórico de gran naturalismo, simple, claro, sobrio y objetivo. No obstante, suele haber intencionalidad política, consciente o subconsciente, en la elección del tema que se adapta y se matiza según evoluciona la situación general de cada momento (Melero, 1998, pág. 107).










Bibliografía

Goff, J. L. (1998). Prologo. En P. Rossi, El nacimiento de la ciencia moderna en Europa. Crítica.
Hauser, A. (1980). Historia social de la literatura y del arte (Vol. II). Barcelona: Punto omega .
Melero, J. E. (1998). Arte español de la ilustración y del siglo XIX. En torno a la imagen del pasado. Madrid: Ediciones Encuentro.
Rossi, P. (1998). El nacimiento de la ciencia moderna en Europa. Barcelona: Crítica.
Rossi, P. (1990). Las arañas y las hormigas, una apología de la historia de la ciencia. Barcelona: Editorial crítica.
Serres, M. (1991). Cronología. En M. Serres, Historia de las ciencias (págs. 599-638). Madrid: Catedra Teorema.
Stengers, I. (1989). Los episodeos galileanos. En M. Serres, Historia de las ciencias. Madrid: Catedra teorema.





[1] Profesor de historia de la filosofía en la Universidad de Florencia. Su obra está dedicada fundamentalmente a la historia de la ciencia.
[2] Dentro de los mecánicos y los filósofos naturales se guardaran secretos, pero con motivos de orden económico, se trata de las patentes.
[3] Las actividades técnicas o mecánicas son contrarias a las artes liberales (gramática, retórica, dialéctica, aritmética, geometría, música y astronomía), las cuales son propias de hombres libres. También se verá esta disputa en la medicina, entre teóricos y cirujanos.
[4] En el siglo XVI se efectuaron 35.000 ediciones de 10-15.000 textos diferentes y se pusieron en circulación por lo menos 20 millones de ejemplares. A lo largo del siglo XVII había 200 millones de ejemplares en circulación(Febvre y Martin, 1958: 396-397, citado por Rossi)
[5] Novum Organum de Bacon, Nova de universis philosophia de Franceso Patrizi, De mundo nostro sublunari philosophia nova de William Gilbert, Astronomia nova de Kepler, Consideraciones y demostraciones matemáticas sobre dos nuevas ciencias de Galileo y Novo teatro di macchine de Vittorio Zonca. (Thorndike, 1971, citado por Rossi, 1998)
[6] La imagen del mundo como un reloj destruye la imagen tradicional del mundo como una especie de pirámide, que tiene en su base las cosas menos nobles y en la parte superior las más próximas a Dios (Rossi, 1998, pág. 138) y es propia de la filosofía mecánica que sostiene que  explicar un fenómeno quiere decir construir un modelo mecánico que sustituya el  que quiera analizar.
[7] Y sus siete afirmaciones que cambiaron la astronomía. (Rossi, 1998, pág. 68)
[8] En (Rossi, 1998, págs. 218-219-220)
[9] Disciplina que se ocupa de las clasificaciones botánicas y zoológicas y las agrupa en raza, especie, género, familia. orden, clase, tipo, phyum y reino.
[10] Los siete principios de este “lenguaje filosófico” (Rossi, 1998, págs. 190-191)
[11] Los estudios presentes en la universidades del siglo XVI, serian derecho, medicina y en menor grado teología (Rossi, 1998, pág. 205), mostrando la ya señala disputa entre artes liberales y técnica o mecánica.
[12] Pese a que la Universidad del siglo XVII no aplicaba en su mayoría la mecánica o la técnica, en su mayoría contaban ya con huertas y aulas de anatomía. (Rossi, 1998, pág. 58)
[13] En este caso Guillermo de Orange comprendió que la creación de un sistema de enseñanza superior era uno de los medios necesarios para la consecución de unidad nacional (Rossi, 1998, pág. 206), esto solo fue emulado en su forma particular por el Estado francés, pero con la Academia.
[14] Primer centro científico patrocinado por el Estado, pues le interesaba la ampliación y la expansión planificada de la industria, el comercio, la navegación y la técnica militar (Rossi, 1998, pág. 211)
[15] El desnudo desprovisto tanto de connotaciones eróticas, como de imperfecciones mínimas. (Melero, 1998, pág. 82)
[16] La anatomía será una ciencia auxiliar del arte.
[17] Solo admitiendo un leve muestra de melancolía.
[18] Es la moderación, el equilibrio entre cuerpo y alma.
[19] Haciendo la claridad, que el artista se ubicaba en un antagonismo formal e iconográfico por el doble mecenazgo, pues cortesanos e iglesia hacían pedidos.
[20] De aquí la importancia de la sala de principios, que en los institutos era compartida con artistas y artesanos. (Melero, 1998, pág. 103)

No hay comentarios:

Publicar un comentario